PETICIÓN DE PRINCIPIO
Una pequeña muestra de la labor literaria de Jesús Tomé:

  

 

     He aquí lo que pretende este libro. Con tal proyecto no hacemos sino rendir justicia al poeta Jesús Tomé (Ciudad Rodrigo, 1927) que ha venido ofreciéndonos a lo largo de más de un cuarto de siglo una obra fecunda y poco conocida. Pocas veces le es dado al lector encontrarse ante una poesía en la que se concitan el verbo depurado y la pasión de totalidad. Aquí se puede asistir a un proceso recreador que va desde los momentos aurorales de la infancia hasta la llamada de una reconciliable armonía del cosmos. Aquí se intenta aniquilar los terrores del tiempo desde la apelación a una gran hermandad trascendente. O conjurar, a golpe de ternura, la barbarie de una sociedad convulsa.

     En efecto, los poemas, aquí agavillados, constituyen una toma de posición sentimental frente a los grandes temas de la existencia: el tiempo y la eternidad, el amor y la muerte, la angustia y la búsqueda de identidad, la naturaleza no cosificada y Dios. Desafiante aventura la que nos cumple recorrer, amable lector, en la ya varia y accidentada obra de Jesús Tomé. Al recuperar a un poeta-poeta apenas si alcanzo a disimular un cierto sentimiento de culpa: la poesía dice lo que ella a cada uno dice; lo demás puede que sea mancillarla.

     Jesús Tomé viene de las ondulaciones charras de Ciudad Rodrigo. Quiero decir que no puede el poeta hacer abstracción de su luz nativa, sino, al contrario, armonizar la relación del yo superior y su yo cotidiano y, así, su poesía puede ser escrita desde el centro álgido de su sensibilidad. En consecuencia, nos encontramos con visiones aparentemente diferentes del mismo objeto que, desde el respeto a su heterogeneidad, intentan reedificar desde el alma. Y es que cuando Jesús Tomé habla y sueña es Ciudad Rodrigo la que habla y sueña, en proyección universal. Una hazaña original gracias, por una parte, al aislamiento en que consiste su vida y, por otro, al amoroso enraizamiento en su ciudad. Por eso, Jesús Tomé —que entró en poesía como se entra en religión— ha venido a cultivar una poesía de temática troncal única, a pesar de las variaciones técnicas.

     En la poesía de Jesús Tomé se refractan buena parte del talante sereno y aguerrido de su lugar de origen. Hay que llegar hasta Ciudad Rodrigo, ciudad fronteriza y tantas veces sitiada, para entender mejor al poeta y al hombre Jesús Tomé. Volver a las plazas de Mazarrasa, Buen Alcalde o Amayuelas y allí recuperar los pasos de una infancia que fue precaria y feliz. Hay que verle corriendo hacia la Cañería Grande, bajo la sombra amable del Arbol Gordo. O, quién sabe, en el Caño de San Cristóbal llenando sus botijos sedientos, tras cruzar las últimas callejas con olor a pan reciente. Y acariciar la piedra, la piedra rugosa y noble de las murallas, del castillo y la catedral para comprender el zarpazo de los años y evocar las hazañas de tantos hijos de Miróbriga (los Centeno, Pacheco, Miranda...) que también se fueran, por ahí, a ampliar, allende los mares, los horizantes de la España eterna.

     Porque Jesús Tomé, sin perder sus raíces, conoció también el sabor de la distancia. Su vida, no obstante, es todo un proceso de decantación interior, apenas jalonado par vicisitudes exteriores de escaso relieve.

     En la recuperación de nuestras señas de identidad cultural se inscribe la reactualización de Jesús Tomé. Sólo cabe llamar pueblo libre a un pueblo bien informado de sus valores, respetuoso con la cultura entendida como encuentro y como proyecto de vida. Y nunca como en estos años de devastador materialismo urge preguntarse, aun a sabiendas de su fragilidad, por la función de la poesía. (Wozu Dichter in dürftiger Zeit?, podríamos preguntar con Hölderlin).

     ¿Qué nos dice la poesía de Jesús Tomé? ¿Por qué sacude nuestra sensibilidad? ¿Qué ensoñaciones, qué proyectos despierta en lo más vivo de nosotros? Las siguientes páginas se proponen contestar cúal ha sido el itinerario literario que ha seguido Jesús Tomé.
 
 


FASES DE LA POESIA DE JESÚS TOMÉ




1.- La respuesta inaplazable al mundo en “Mientras amanece Dios”

     El libro Mientras amanece Dios (1955) constituye las primicias de la labor creadora de Jesús Tomé. Se trata de un poemario escrito hacia el final de sus años estudiantiles. A pesar de su extensión — ¿desmesurada ?— el libro converge en una gran unidad orgánica y fundamenta una poesía de índole esencialmente lírica en el sentido más riguroso y hondo.

     Es este un libro en el que se palpa la responsabilidad del poeta, de la que parece derivarse un significado nutrido éticamente. En efecto, el poeta tiene conciencia de elegido; se reconoce investido de una capacidad de respuesta ante las grandes preguntas del existente humano. Y en su misión de llevar la palabra a otros hombres se sabe como hostigado por Dios. Cabría, incluso, decir que estas urgencias interiores rozan, a veces, las propiedades de lo indefinible:

     Todo me pesa igual que una presencia que se ignora.

     Es el suyo un oficio — ¡amar y dar sentido al mundo- asumido con libertad, pero del que ya no cabe volverse atrás por lo imperiosa de la inicial llamada. Y, así, en aras de esta función inexcusablemente servicial, el poeta pasea una como mirada acariciante por las cosas, por los pliegues del alma humana; en definitiva contempla todas los fenómenos de la existencia bajo la impugnación o el dictado de Dios. Y dentro de esta atmósfera de amar se implica el poder evocador de su infancia mirobrigense o la amorosa presencia de su madre o el sentimiento de filiación mariana. De aquí, que en poema Clausura cobra relieve el ansia de ser querido, de romper el cerco de sus limitaciones, mientras fuera suena un fox bailable. Es la expresión de quien, una vez cubierta su personal sed de armonía, quiere asumirlo todo y fundirse en un silencio de voces inefables.

     A pesar de su condición de elegido — ¿o precisamente por ella ?— el poeta acusa el zarpazo de la soledad. En el poema Soledad sin abandono nos golpean estas estremecedoras palabras:

     Estamos siempre solos, pero no abandonados

     En efecto, Dios no le ahorra al hombre una soledad grande donde é1 pueda articular sus opciones y deshacer las zozobras. Es, la del poeta, una soledad abismal y sin fisuras: de Dios y de los hombres. Y, desde esta situación-límite, el poeta ha de suministrar una luz a muchos seres con nombre. Esta insistencia del poeta-profeta (o viceversa) se repite en Dolor ajeno en cuyo poema é1 se sabe acometido por un dolor que no sé de quién es, aunque es de todos, precisamente por mor de la encomienda que se le ha confiado.

     Interesa advertir el incesante uso del sentido visual como vía de acceso a la realidad en el puro tránsito de la ascética “noche del sentido” hasta la desbordante claridad del Carmelo. Hasta Dios mismo es el siempre deseado por incansables ojos. En definitiva, es el amor el que, por una parte, dicta con exigencia la acción de proyectarse al mundo como, por otra, sufre la interpelación de lo sensorial; por eso, Ilega a clamar a modo de aforismo:

¡ Vivir para no ver! ¡No ver para no amar!

     La conciencia de sus insuficiencias y su condición de radical menesterosidad le sumen en una aturdida sensación. El lector avisado hará bien en anotar que esta presencia del desasistimiento y el desamparo va a convertirse en tema recurrente en su obra posterior. Pero esta encarnizada vuelta sobre sí, una y otra vez, no hace sino subrayar aquí su afán totalizador. En este sentido, cabría decir que se propugna una afirmación solitaria en una dimensión voluntariamente solidaria, de modo que el egolírico se reconoce en todos los hombres. En esta perspectiva cobran su más férti1 significado poemas como el escrito con ocasión de cumplir el poeta veinticinco años.

     Para esta primera travesía literaria Tomé nos ha dejado un verso hecho de trasparencia y levedad, con fluidez melódica. En muchos de sus poemas se destila un desasosiego interior, pero sin un adarme de acritud. A pesar de un cierto discursismo delicuescente, es justo reconocer que con Mientras amanece Dios  Jesús Tomé irrumpe en el mundo de las letras con fuerza: sinestesias, imágenes p1ásticas, el filtro del concepto bien acordado con la palabra, el fino juego de la paradoja, la acuñación de algunos neologismos, etc., son otros tantos recursos que avalan un conocimiento y una cultivada sensibilidad. Algunas de las imagenes-símbolo aparecerán más tarde, con otros matices, en su obra, aunque tal vez no nos devuelvan, como aquí, esta fresca sensibilidad de lo místico. Por otra parte, comienza en este libro algo que será común y axial en Traigo esta tristeza:

el binomio tristeza / vida y el llanto como función catártica frente al hecho de nacer.

     Tomé ha instalado su lenguaje en la realidad inmediata, pero no para describirla ni para ser su intérprete, sino para utilizarla en la construcción de otra realidad que, sin dejar de ser sensible, apela a la trascendencia, y que configura una poesía intensa y experiencial, regida por una lúcida afirmación personal.
 

2.- Tomé en su inicial “Senda del hombre”

     Aunque publicado después, el libro Senda del hombre es anterior en su redacción a Hijo de esta tierra. Ve la luz en 1959.  José María Javierre supo destacar en el prólogo los tres momentos del libro: la desesperanza, la lucha por atisbar la luz de la esperanza y finalmente la plenitud del amor. Obviamente se trata como de panoramas interiores que conviven, se simultanean, se hacen voz alternante ya de la angustia y del gozo del encuentro. Todo instante es un fragmento de la continuidad en que consisten los vivos y los muertos.

     En Senda del hombre se arracima un puñado de sonetos bien concebidos, por lo general, y resueltos con limpia unidad de sentido. De ellos emerge la frescura de una voz vigilante.

     La vida del poeta —lo decia Pierre Reverdy—. Es un  sueño sin  término: el sueño de la realidad. Pues bien, el lector de Senda del hombre asiste a increíbles yuxtaposiciones de lo temporal y lo eterno, de los vivos y los muertos. La memoria conjuga la verdad y la mentira de un tiempo cristalizado en Ia came del poeta. La conciencia se alerta ante los riesgos y celadas del mundo, descubre la esencial tristeza de haber nacido ¿Subyace en Senda del hornbre el problema del mal, enganchado en la sinrazón del presente? Al menos, Si, la incertidumbre de un pasado y la zozobra existencial de tener que proyectarse hacia algo. Y, sobre todo, la patética constatación de “haber perdido” cuando se ha apostado a favor del amor. Y, a partir de aquí, un sentimiento como de tribulación toma cuerpo — el delito de haber nacido !—. Y de arrepentimiento.

     A caballo entra la morbidez y una necesidad de sentido, este libro encarna una lucha por clarificar “el puesto del hombre en el cosmos”, puesto que se le ofrece al hombre, con frecuencia, extraña y gratuito, como el albatros de Baudelaire al tocar tierra.

     Pero en Senda del hombre asistimos a un proceso creativo que lejos de obstinarse en una celebración de la culpa se agota en la aprehensión de todos los signos del amor (es decir, de Dios). Aquí, el curso de los endecasílabos adquiere un timbre especial, una errátil imantación donde se quiere anular la distancia entre lo singular y el Tú. Donde se construye la imagen de una realidad más vasta y acogedora. Es entonces cuando, desde una dimensión metafísica, los términos pueden trocarse en un juego de paradojas: la tristeza es un modo de llamar a la alegría, coma la muerte a la vida. El poeta se siente envuelto en la presencia divina; barrunta, ya inminente, la luz del otro lado y da por buenos todos los riesgos de su existencia, riesgos que a tan alto destino condujeron.

     Cabe decir, finalmente, que Senda del hombre es un libro de fuerza juvenil, de arrebatado tono, en el que aparecen, ya en embrión, ya de modo patente algunos de los presupuestos estéticos de la poesía posterior de Jesús Tomé.

     A pesar de la isometría versal de los fonemas, los sonetos de Tomé transmiten formalmente armonía, flexibilidad y un discurrir regular sin soluciones de continuidad, como corresponde a esta composición del dolce stil nuovo que el marqués de Santillana introdujera en España a mediados del siglo XV.
 

3.- Reos de la existencia. Una lectura de “Hijo de esta tierra”

     Jesús Tomé ha testimoniado que cree en la inspiración. Ha escrito sobre ella que es “una como corriente que, de pronto, nos atraviesa y nos transporta a un estado de emancipación del acontecer periféricamente real y nos sitúa más allá de toda percepción ordinaria”. (Rev. “Acento Cultural”, num. 8, 1960). En efecto, el poeta está en una activa espera de una iluminación que le revela y dicta su propio contenido espiritual; pero el poeta trabaja su propio espacio vital: la conciencia rastrea y selecciona y se revoluciona ante este fogonazo interior. Tal sacudida remueve las fibras más íntimas de su ser y da fundamento a lo que Tomé denomina los “ciclos” poemáticos en los que, tocado de gracia poética, él entra en comunión con las cosas que, así, le abren su sentido más pleno e interiorizado.

     He querido recordar este modo de entender el hecho poemástico en el frontispicio mismo de Hijo de esta tierra (1958). Ciertamente se trata de un libro, el tercero por orden de escritura, en que se evidencia un nuevo desplazamiento cíclico. Aunque en absoluto nos sentimos movidos a calibrar la valía de un poeta por sus trofeos y entorchados, por una vez nos disponemos a decir que Hijo de esta tierra ganó el I premio “Lírica Hispana” en reñida competencia con autores de ruidosa notoriedad, conforme puede inferirse del acta del jura do.

     Comienza el libro como iniciando una bajada a la niñez. Y, en este sentido, pronto se verá que no es el escepticismo, sino el asombro el que gobierna su capacidad de preguntarse. Y un tal reconocimiento —a caballo entre el misterio y la evidencia— contribuye a ir creando el mundo de las cosas queridas (el entorno familiar) y el otro, más inasible y presentido. Por lo que respecta al espacio nativo Tomé encuentra en su madre —oleada de ternura— la medida del encuentro consigo mismo, el referente de su personal identificación; en cuanto a las incitaciones del misterio, el poeta conoce el riesgo de la palabra que se atreve a desvelar como, igualmente, conoce el valor del silencio que lleva tras de si a la esperanza. (Sólo saben callarse los que esperan. / Y por eso los muertos siempre callan).

     Sin que ello entrañe ninguna significación axiológica, hay que decir que el poeta se mueve entre situaciones enfrentadas sólo aparentemente. En efecto, la tristeza y la alegría más que oponerse responden a evoluciones del sentimiento, simples niveles del espíritu que vienen demandados por el mayor o menor grado de esperanza. Y el vivir personal se despliega y agota en ese infatigable tránsito; mientras que, a su vez, los muertos se instalan definitivamente en la esperanza. Por su parte, el poeta se reconoce “hijo de esta tierra”: declaración de origen, pero también aviso para caminantes en dificultad, para quienes pretenden escarbar en el misteioo en tanto la tierra espera ser vivificada por el Espíritu. Siempre cabe recurrir a una justificación frente al sentido de culpa: que el poeta tiene el corazón de piedra ardiente / como residuo de una estrella rota. Por eso, los niños, aún asentados en la ignorancia, tienen fuerza de perdonar con una mirada o sonrisa.

     La tristeza es un impulso y un objetivo. En un poema que recuerda mucho a Unamuno vaticina que, después de su muerte, reposará en Castilla, bajo las naves de algún templo donde seguirá sintiendo la tristeza todavía.

     Hay, por un lado, la tristeza de quien ha penetrado en el espesor de Ia realidad, más allá de su corteza sensonial y allí ha encontrado señales de amor. Por eso llega a decir: si no viviera triste moriría.

     Pero la tristeza da acceso a la alegría. El poeta reanima Ia naturaleza y escucha su silencio y, en una ósmosis entre naturaleza y religiosidad, acaba abandonándose a la evidencia de que Dios ha vuelto. Como consecuencia, dice, en mi ya está la faz, la he merecido / después de tanta muerte y tanta guerra.

     En la segunda parte del libro nos sale al paso un extraordinario poema —Luz en el pozo—. Es como un recorrido por los más tenebrosos “infiernos” de la vida donde cada hombre busca unos cimientos a un mundo tambaleante, un sentido a tanto afán vertiginoso. Este grito de angustia cósmica se estructura en forma de diálogo a varias voces que, por encima de las trampas del existir, apela a una urgente razón de ser, a una estrella desde el pozo. Al final, se barrunta la presencia dentro de la ansiedad de los que esperan. Es este un poema de fluvial deslizamiento, pero ceñido de expresión, de pugnaz contundencia frente a la gran hemorragia del sentimiento.

     Hijo de esta tierra (1958) es un libro de demarcaciones existenciales, fronterizo entre el misterio y la avasalladora conciencia de su dimensión terrena. Y hacia este extremo se enfatiza el discurso poético, si bien no se desmarca de lo que se intuye al otro lado; en todo caso, es un libro que se presta a cierta sugestión polisémica. Y, bajo esta consideración, nada extraña que salten los tornasoles sentimentales, los lúcidos desgarramientos del poeta, su diálogo infinito consigo mismo.

     No sé si uno o dos pasajes adolecen de un envarado intelectualismo, pero aquí no hay ni lenguaje hermético ni tentación escapista ni reducción del arte a una función sucedánea del, tan en boga en los años cincuenta, compromiso social. Y, ciertamente, a Tomé le preocupa mucho la-su-circunstancia social. Lo que ocurre es que la indignación o la protesta se barnizan de un tono elusivo (más directo en Veinte poemas desesperados...) o se metamorfosean en una asimilada interiorización. El que Tomé no caiga en la coartada de las solicitaciones coyunturales no autoriza a pensar que no le interesa la inmediatez de lo humano. No podría ser de otra manera en un poeta volcado a descifrar las claves de una existencia convulsa y peligrosa. ¿Cómo explicar, de otro modo, ese apasionado hurgar en la herida o esa conjura de contrariedades que totalizan lo humano? Sin embargo, en Tomé no sólo la naturaleza, sino también la historia queda subsumida en remembranza doliente, aparece como una realidad vinculante que queda trasmutada en autobiografía. E importa decir que supo, en buena hora, escabullirse de la torpeza linguística en que cayó el realismo crítico y reclamar para sí un don expresivo de altas valencias.

     Es sabido que en los años cincuenta estalla en España un especial momento de sensibilidad en los claustros y seminarios. Paralelamente a —no al amparo de— la revista romana Estría, en la que colabora sólo en los números 6 y 8, acontece la confección de Mientras amanece Dios. Más ligado, por razones obvias, a las revistas cordimarianas Angelus y Uriel, hay que decir, no obstante, que Tomé ha hecho su camino a solas, sin pompas de miriñaque, viviendo una vida sin relieves. Y que, por otra parte, adscribirle a algún grupo generacional — ¿la generación de los cincuenta ?— más que devolvérnoslo en un marco de claridad definitoria abre la puerta a mil y una confusiones. Es, por otra parte, muy difícil sostener el concepto generacional en los términos en que los trazaron, entre otros, Ortega y Petersen: el avasallamiento de los mass-media homologan respuestas de sensibilidad por encima de edades e ideologías. Escéptico en teorías literarias que pretenden —vana tentativa — desvelar el enigma escurridizo de la poesía, Tomé traspira una poesía que, sin disimular una fuerte impregnación hispana, tiene todo el subsuelo de lo cosmopolita y unas afinidades electivas de gran quilate.
 

4.- El hormbre que soñó demasiado Klossowski

     Con Traigo esta tristeza (1960) Jesús Tomé ha diseñado la efigie espiritual de un hombre y, por encima del cimiento de la intimidad, ha creado un texto amotinado y rebelde en el que se repele la soledad del siglo. Porque, en efecto, en el mismo repliegue de un mundo personal y vibrante alienta el drama germinal de toda una generación que padeció las duras secuelas de la guerra.

     Todo conspira en la obra de Tomé a favor de un sentir meditativo, en franjas poemáticas que culminan en un rapto expresivo de singular lucidez. Es obvio que bajo el terso castellano de Tomé bulle una pasión indisimulada.

     En el prólogo el mismo Jesús Tomé —brillante autocrítico— expresaba por dónde le parecía que iban sus pasos y, en concreto, afirmaba que en el libro latía una voluntariosa y transformadora conexión entre la luz y el mirar, entre el poeta y la realidad. Se pretende —“por una idea poética de la iluminación”, matiza— integrar el yo del poeta en el vivo espesor del universo. Desde esta compenetración de la realidad y el alma, quiere el poeta que tanto las cosas como los seres vehiculen así su autoexpresión. De esta forma, la verdad poemática arranca del centro más profundo de todo. El poeta asume, más allá de un simple afán de introspección, la representación del vasto mundo. Y, cediéndole su palabra, lo rescata de su mudez cósmica o de su silencio humano. Pues bien, Tomé intentaba, con estas palabras, fijar su autoposición en la vida, por un lado, y atajar posibles malentendidos, por otro. Y puntualizada: un cristiano —el poeta lo es— no tiene por qué sentirse a gusto en un mundo desquiciado.

     Significativa y bien traída la cita de Bernanos que preside el frontispicio del libro: “Dichosos los que se reúnen para amar a Dios en la tristeza, sin ofenderle, sin pecar contra la esperanza”. En efecto, por encima de todos los escollos de la existencia cabe fundar la esperanza. Más aún, Dios se hace manifiesto de modo sorprendente, al margen del cálculo humano.

     Llama la atención la expresión sincopada, de una mayor contención, con una fuerza medular muy domeñada. Dicho casi en voz baja. Si en otros libros posteriores se acentúa una cierta acumulación verbal este es un libro de técnica más castigada. Si en algunos anteriores había, a veces, cierto derramamiento expresivo, aquí asistimos a una bien dosificada formalidad.

     Yendo al fondo cabría decir que Traigo esta tristeza se mueve en constantes planos dia1écticos: frente al proyecto de Dios la realización del hombre cuyos itinerarios divergen. Y en este vagar sin rumbo le asedian al hombre diversas asechanzas: de soledad, injusticia, Ia propia conciencia de finitud. El poeta reconoce que su vida está marcada por el desasistimiento y la orfandad. En este aspecto el poeta llega a considerarse un muerto entre los vivos: “Perdonadme si vivo. Soy un muerto”. En este camino de llanto están otros hombres a quienes el poeta se une y se identifica en su radical extravío. Y es de nuevo un sentimiento ambivalente el que nos sale al paso: amor a la tierra en igual medida que desarraigo. Incluso hasta cuando la tierra está vista en su dimensión puramente física .—poema “Tierras de Soria”— el poema está exento de descriptivismo, sólo hay interiorización del paisaje que opera como referencia o contraste de estados de ánimo. Por otro lado esta tensión anímica genera un diálogo reverente y amoroso con Dios. El poeta se siente dolorido, tanto más devorado por la ausencia de Dios cuanto más ansía amarle. En este sentido estamos ante una poesía religiosa, pero no risueña, sino interrogante, agónica. A veces, se delata, sin crispación, el silencio de Dios ante el mal circundante (el odio, la guerra, la inocencia desvalida, las deficiencias físicas) - Y la pautada aparición de lo siniestro: las ratas son para Tomé el símbolo del asco y del terror. La memoria se retrotrae a las trincheras de la guerra con hombres como ratas atrapadas. Aquellas trincheras de Cabeza Grande que el poeta contempló, con ojos niños, recién acabado el conflicto!

     No se olvide que la infancia de Tomé ha estado marcada, al igual que la de sus paisanos de generación, por aquellas amanecidas con cadáveres, los presos políticos del cuartel del Sancti Spíritus o el campo de concentración de La Caridad.

     Algunos críticos le han puesto a esta poesía de Torné la etiqueta de existencialista. Creo que este forcejeo frente a la oscuridad de la existencia tiene raíces más profundas, de clara filiación bíblica. Todo en el corazón del poeta lleva el sello de una purificante ternura que, sobreabundante, pugna por rezumar hacia lo creado. A pesar de una intermitente fuga hacia el “huis clos”, el libro Traigo esta tristeza es, evidentemente, un libro escrito desde la fe. Y sólo por esta profunda vena inspiradora que dinamiza toda una concepción del mundo esta poesía se hace acreedora a la calificación de mística. Como en San Juan de la Cruz la “dolencia de amor” sólo se cura con la “presencia” del Amado que, amando, devuelve al hombre su más honda identidad. Un amor que es tensión más que conquista definitiva; que es búsqueda entre las huellas y vestigios del mundo. Sólo así se explican versos aparentemente desorientadores como el siguiente: “Cuando la vida pierde su sentido / porque ya no hay dolor que nos revele”.

     Pero no se trata de una poesía desencarnada, sino anegada, por un lado, en la corriente más cruda y agitada de la vida y, por otro, en las cosas menudas que con su simple estar revelan maravillas. Un halo de delicada melancolía se cierne sobre este poemario: es la expresión de la “noche del alma” por la que se transita hacia la deseada asimilación de y en Dios. Y si se subraya más la “cruz” que su término direccional, la “luz”, sin embargo en Traigo esta tristeza es donde Tomé cancelará la aparición del nombre de Dios, tan invocado aquí. La verdad es que el poeta no roza el exabrupto, sino el gemido de impotencia o el tanteo en el misterio.

     Es este como un libro de “horas”, de estados de ánimo, muy sutiles, que ejercen como hitos contrapunteados por el “milagro” del amor. Y que con referencia a su decaimiento o a su exaltación se entienden la alegría, la contagiosa tristeza o la comunión con la tierra y los hombres. Por aquí buscará el poeta las pruebas absolutorias ante el posible desajuste entre las expectativas de Dios y su personal itinerario. (Ver poema “El extraño”).

     Y el precio que ha querido pagar Tomé, en el aspecto formal, para dar trasparencia a tema tan vidrioso ha sido una rima pobre y funcional, de versos restallantes, henchidos de contenido, pero con un lenguaje más constructo y matizado’.
 

5.- Un habitante del olvido. (Período puertorriqueño)

     Antes de su salida de España la obra de Jesús Tomé ya había ganado el reclamo de amplios sectores de público e, incluso, pudo remontarse hacia un reconocimiento, más pormenorizado, del lector entendido y exigente. Su posterior alejamiento físico de España, a partir de 1963, supuso un olvido gradual y una sistemática marginación en las colectas y antologías al uso (o al abuso). Diríase que una oscura y vasta confabulación había firmado Su acta de defunción literaria. (Y hasta física: es sintomática la noticia que, difundida por agencias de prensa e, incluso, por la televisión estatal en 1972, daba por muerto a Jesús Tomé en un rocambolesco accidente con el consiguiente sobresalto entre deudos, amigos y famliares). Sin embargo, Jesús Tomé seguía escribiendo, sin pausa, impertérrito o vibrante, arrastrado por una increíble fiebre creadora, de cuyos frutos apenas si hacía partícipes a un reducido grupo de amigos. En efecto, entre Traigo esta tristeza (1960) y el año 1976 en que se publican Poemas para un exilio corre un paréntesis de silencio, tal vez demasiado largo para las urgencias de un mundo vencido por los señuelos más inmediatos de la propaganda y la frivolidad. Además, por aquí, la crítica literaria se ha venido perpretando con desgraciada frecuencia como padrinazgo mafioso, en un interesado ejercicio rotatorio.

     Ni resentido ni belicoso, Jesús Tomé no ha aceptado nada a cierraojos y, por el contrario, sí ha hecho su  camino con honestidad y conforme a su conciencia.

     La lectura de Poemas para un exilio nos sitúan a Tomé como un ser frontenizo entre sus obsesiones y la nada. Ya en Puerto Rico, asentado en esa multiplicada condición de trasterrado hispano, Jesiú Tomé ha buscado como interlocutor válido de su nostalgia al hombre que lleva dentro. Su vida en Puerto Rico ha sido una forma de acrecentar el vacío y el extrañamiento. Muy poco —por no decir nada— hay del opulento paisaje de Puerto Rico en Ia obra de Tomé: sus paisajes remiten a su lugar de origen, son los paisajes del alma. Y en el poeta emerge la conciencia de un doble exilio: el de su tierra (no por elegido menos doloroso) y el radical de ser hombre arrojado del paraíso.

     Ya el título del primer poema pone en la pista de la intención subyacente: “cada vez más distante de ninguna parte”. Soledad, olvido, ausencia son conceptos que invaden el territorio de esta escritura y donde hunden su raíz, no sólo en el mundo subjetivo del poeta, sino en el hecho físico de su residencia en Puerto Rico: “Esta amarga ciudad que me rechaza, / donde ser extranjero es ser dos veces / candidato al olvido...” Error craso, sin embargo, será pensar que Tomé se inclina a un descriptivismo poético originado por la situación circunstancial o por las afrentas de un destino incierto. Toda realidad queda en é1 convertido en sustancia metafísica, en raigambre Iírica. “No por torpe vejez o decadencia, / por reducción de ser iré cayendo / de difunto sin nombre hasta fantasma I asombrado”, dirá de modo sentencioso y grave.

     El saberse extraño, pequeño y prescindible, el sentimiento de abandono, el vislumbre de lo que uno fue, etc. Y, en todo caso, la opción, no muy resuelta, de que ya todo da lo mismo, de que es tande para volver, cada vez más distante de ninguna parte.

     En el poema Ruinas la cotidianidad se sabe irrecuperable para la alegría. La conciencia de olvido se bifurca ya a manos del tedio invasor ya de la muerte acechante. Para resaltar esta situación hace uso de imágenes de cortante impacto sensorial rayando en elementos tremendistas o en connotaciones de derrumbe y decadencia vital.

     El eslabón perdido es, quizás, el mejor poema del libro. Nos asalta la impresión —difusa— de que los tiempos, desde el punto de vista de las vivencias subjetivas, parecen repetirse. Sería como el desquite de la memoria que, al rescatar lo que fue, burla distancias. Frente al olvido la actualización del encuentro por medio de la evocación: todo —el pasado y el presente— se unifica en un solo bloque sin materia. Pero, adónde el punto de inserción entre el ayer y el hoy? El poeta tiene la sensación de haber sido “otro” en algún lugar, bifurcada su existencia en alguna inexpresable frontera temporal. Disconforme con su soledad, Tomé opta por convocar al “otro” que fue. ¿Homogeneidad del ser? En efecto. Y desde una concepción heraclitana en la que lo fluyente y dinámico ha de revertir por ósmosis en unidad desde los fragmentarios “seres” y experiencias del poeta. Se trata de intercambiar tiempos y recuerdos para encontrar el eslabón perdido que une y da sentido.

     En La misma sombra insiste en el sentimiento de abandono “saboreando la equivocación / de haber vivido / una vida que te ha sida robada”.

     Hay una consideración inmisericorde e increpadora contra é1 mismo. Pero no es la autocompasión lo que destaca, sino el sentimiento de quien experimenta el rechazo a la ineluctable decadencia a una consternación sin límites. Ni siquiera Oraciones para el tiempo de la locura (una de los grandes poemas por el experto uso del lenguaje) se manifiesta con tal impregnación de espíritu. En é1 se pide un relajamiento en el olvido, el regreso a una mansa locura sin fricciones. Puede que en libros anteriores haya expresiones que se presten a ser motejadas de autocompasivas. Pero, en todo caso, digan lo que digan quienes practican una suerte de terrorismo crítico, estamos ante un sentimiento más del que sólo cabe esperar que el poeta la capitalice con eficacia literaria. Y este es, sin duda, el gran mérito de Tomé: la sabia explotación artística de “situaciones-límite” que, sin dejar de ser suyas, a todos conciernen.

     En el poema Nadie se canta la desposesión, la inutilidad de buscar, la gratuidad de todo. Asistimos al desplazamiento del deseo y a la extrañeza del poeta en media del mundo donde soy el fantasma que, de miedo, / hace temblar el aire en que se esconde.

     No resisto la tentación de referir una anécdota sabre Jesús Tomé que ejemplifica esta compulsión de huída y de vacío. Al morir su padre solía, con cierta frecuencia, escaparse de casa. Cuando, por fin, lograban dar can é1 le preguntaban qué le pasaba. “Nada”, era su invariable respuesta.

     En la escalada de patetismo en que circula este orbe de desolación el poeta alcanza su punto cénit en El suicidado. La plasticidad de la imagen es sumamente contagiosa y de esmerada elección. Hay un tirón de fatalismo que impregna el texto: cuando mayor ansia de sentido mayores motivos de desesperanza. Lo subjetivo atacado par un mundo objetual inclemente. Por tanto — ¿suicidado a asesinado? — el hambre queda a merced de oscuras fuerzas. Recuérdese el epitafio que el poeta imaginara para sí en Traigo esta tristeza: “Aquí yace una lágrima, algún hombre / que poco a poco todos suicidamos”.

     Sociológicamente Tomé lamenta la postergación de su nombre en el mercado en que acaban ganando las tramposos. Pero, a continuación, se da una elevación del dato: este silencio de confabulaciones es asumido como anticipo de la muerte. En todo caso, sin perder su vertiente circunstancial, considera que hay algo positivo en el hecho: no ha claudicado —claudicar es el precio que pagan los que escalan una nombradía— del juego, limpia y sin ruido, de su verdad más honda.

     El poema Regreso es un romancillo donde de modo directo se recapitula la esperanza; no hay esperanza, hay regreso. Viejo ya y equivocado, / pediré perdón al niño / que, al verlo partir un día, / quiso ser lo que no ha sido. Hay, sí, un reconocimiento del fracaso del proyecto humano, pero se da un hermanamiento de las tiempos y la reconciliación consigo mismo por la aceptación de un hecho consumado. En esta línea de regreso se explica por qué, al final, demanda una sencillísima imagen: la de un campo de amapolas y pimpájaros. Y así quedar reintegrado al origen. Y así pasar como una sombra de la memoria. A veces se le quiebra la voz y adelgaza el verso coma en Oraciones... donde a una exposición universal sigue una imprecación al final de cada parte del poema.

     El libro demuestra una habilidad técnica, con un verso de ritmo vibrátil y un lenguaje selecto al servicio de esta mitología del desarraigo.

     En Tomé se acrecienta la conciencia del lenguaje. El testimonio de saberse perteneciente a la tierra —heredero y aprendiz de las cosas— acontece como historia, diría Heidegger. Y esto es posible mediante el lenguaje; de aquí que el lenguaje sea un bien para el hombre. Pero, en la misma medida, es “el más peligroso de los bienes” por su capacidad desveladora. “El habla —continúa el filósofo— es lo que primero crea el lugar abierto de la amenaza y del error del ser y la posibilidad de perder el ser, es decir, el peligro”
 

6.- Un peregrinaje hacia el origen

     Con La Ciudad (1978) estamos ante un nuevo ciclo: Se trata de una serie de poemas que se van nucleando en torno a un tema central como si respondieran a un proyecto inicial.

     De este libro se desprende un sentido de búsqueda de lo primigenio y puro. El poeta salió del solar familiar hacia horizontes quiméricos. Pronto —y zarandeado por su condición de trasterrado— intentará desde la dispersión fundamentar una identidad. Es en la interiorización (casi de filiación agustiniana) donde logra sólo su reencuentro que, en definitiva, se cifra en su origen.

     Desde el extrañamiento, el poeta ha pasado por “muertes sucesivas” que le han elevado al “vórtice de nada”. El poeta ha ido creando con sus ojos su proplo paisaje interior. Ante el desengaño, se hace apremiante subsumir etapas del pasado para dinamizar una tarea de futuro y recoger sus señales y símbolos. Desde su “estancia en los infiernos” ha reiniciado la vuelta al origen. Estamos ante un agotamiento de posibilidades tras un accidentado recorrido por los aledaños del olvido y la muerte en que se busca la unidad de ser.

     En el fondo, subyace como un impulso místico en el que el poeta busca la “frontera de lo innombrable”. Para caer vencido por lo inmenso de su aventura en un “vórtice de nada”.

     Cuando se habla de “caer” se usan planos invertidos: se puede caer hacia el abismo o caer hacia arriba, hacia un cielo inmisericorde y de ojo insomne. Hay, por otra parte, una resonancia emotiva de singular valor: al final de su travesía se  llega a ninguna parte y el tiempo deja de contar. No hay mundo, hay nostalgia de un mundo nuevo. Tal vez sea Tomé un platónico que aspira a que sus ideas se hagan carne. El centro de gravedad de sus intereses sufre —en una actitud casi prometeica— un doloroso y constante desplazamiento. Hay pues, que obviar el riesgo de aplicar una calificación de nihilismo a este enfoque: aun concediendo que todo ha sido una larga pesadilla late el deseo de búsqueda y la tentativa de ser. sobre todo, una apelación a la esperanza:

Pudiera ser que todo se acabara.
Pero habría existido este momento
en los relojes y campanas,
en el latido unánime del mundo
que convierte la espera en esperanza.

     El siguiente paso es recuperar la pérdida de unidad y la armonía de seres desazonados y solos. Se trata de volver al centro donde confluyen los caminos e iniciar la opción de nuevo. Este retorno a la belleza tiene todas las trazas de una requisitoria antropológica. Toda el poemario es, en cierto modo, un guiño que el poeta hace al lector. La evocación de la “ciudad”  juega como símbolo de la luz sin término, del soñado puesto donde se confunden, conjurados, el espacio y el tiempo. Donde se reanuda el diálogo de los vivos y los muertos. Casi diríase que el lector puede llegar a no interesarle si la “ciudad” es Ciudad Rodrigo —de la que, por lo demás, hay alusiones— o ciertamente Segovia: desde este lugar “ideal” el poeta está en condiciones de responder a una oscura y muy sentida interpelación interior. Y es, entonces, cuando Tomé se embarca en un canto  de exaltación, rayano en un descriptivismo idílico donde dispares objetos convergen en una sucesión de cíclica hermandad. Y desciende la luz, y espolvorea / sus tenues mariposas que, pausadas, / se posan y se esfuman~ / hasta la linde de su  reino, etc. Hasta las calles de la ciudad —repechadas o declinantes— constituyen la respiración natural del encuentro humano y del reparto armónico de funciones. Allí el tiempo se hizo piedra, leyenda la historia, irrestañable herida geológica la atmósfera. En efecto: asistimos a un proceso poemático de singular vuelo donde se entrecruzan el pasado y el presente dimensión geográfica y la más fecunda historia. Estamos ante una fusión de hombre y paisaje: el yo poemático convoca una exaltación de la ciudad con sus piedras y su pasado. Más; en lo más íntimo, despojado de falacias, el poeta es paisaje como tal, quiere que sea reconocida su identidad. Nunca logrado ser sino universo, llega a decir con dimensión abarcadora. Y aquí queda exorcizado el mieda de la imprevisto: el poeta tiene poder para aglutinar, en un instante vivencial, eternidad y tiempo, en un es y será que ha sucedido. Hasta el elemento/nieve —con cuya memoria el poeta se retrotrae— sirve para esta permanente superposición de planos temporales. El poeta, peregrino hacia su propio encuentro, escarba en el pasado una mirada que, sosteniendo su vida, le sustraiga de las celadas de la sociedad. Dice: mucho más que a los ojos, he amado / la forma de mirar.

     Para la expresión de este mundo interior Tome ha usado una palabra ceñida y levitante, ha adelgazado el concepto hasta la transparencia, ha fijado con una ténica de travelling unas imágenes de vigorosa tracción y de indagadora funcionalidad.

     Es frecuente en Tomé el desbordamiento del verso, con incisos y recodos, ganado por la fluencia, por un lado, y por la ambición conceptual, por otra. Es frecuente el recurso a oraciones explicativas, encapsuladas entre guiones y el gusto por el matiz. Ello responde a ese intento de homologar, desde la conciencia, la limitada y la infinita, la evocación y la mirada hacia una ciudad, “en un tiempo que viene del futuro”. Hasta los títulos de los poemas funcionan como metáfora aposicional, en la que se transita de lo concreto a la abstracto (significante y significado): torres- perennidad, mirada-amor...

    En el poema Ciudad-vida se crea una atmósfera de misterio, contagiosamente vagarosa; es coma una invitación a recorrer las más ocultos patios y rincones de la ciudad. Una palinodia por los sueñas de ayer, por los deseos malogrados. Pero para Tomé, no se olvide, la distancia o el deterioro de los años va más a11á de lo anecdótico: hay un destierro original en el que se subsumen los mensurables destierros de una existencia más o menos itinerante. Y sólo en este sentido cabe admitir que el regreso desemboque en el pasado o se dirija hacia el futuro. Como respondiendo a una consigna agustiniana los caminos de Tomé no llevan a ninguna parte, salvo al centro del corazón. Y es ahí donde ha de lograr sentido el mundo circundante, todo lo que las años fueron derribando con minuciosa voracidad. Por eso, este peregrinaje hacia la ciudad acaba convirtiéndose en un peregrinaje alrededor de la cabeza. Y si el yo poemático cristaliza en una geolírica es porque desde su pensamiento el poeta ha fundado la realidad querida. Y Ia causa de su desasosiego tiene unas motivaciones: hacer uno lo disperso, concordia de los contrarios, mantener la fidelidad a la tierra:

pues nunca se entendieron
el tiempo en que he nacido, ni el espacio
en que quedé afincado, con el tiempo
y espacio que busqué para refugio
de unos sueños nacidos a destiempo.

     De diferente gradación entre la primera y la segunda parte, el libro La Ciudad semeja una rnelodía gregoriana cuya secuencia final aviva la fe en la futura plenitud de lo existente, ya reducidos los contrarios a una unidad de destino y al logro de la propia identidad.
 

7.- El testimonjo de los arrojados del paraíso

     Del libro Veinte poemas desesperados y una canción de amor (1981) —inédito— nos proponemos dar cumplida muestra en esta Antología ~.

     Con este libro Jesús Tomé rearma su poesia con graves preocupaciones existenciales. Hay como un sentimiento de condena que se cierne sobre todo el libro. Y, en consecuencia, hay una urgencia de afirmación frente al acecho de la nada. E, igualmente, una viva sensación de encontrarse en vilo, convocado a un origen cada vez más difuminado. Podría, pues, ser leído el libro en clave nihilista, aunque sin renunciar a un sentido y a un fundamento. En todo caso, estamos ante un libro no tanto como espacio físico, sino como lugar habitado por lo universal: libro estremecedor donde se arraciman todos los valores y terrores anteriores, pero asumidos y proclamados con mayor valentía. Desde un fondo de solidaridad Tomé inicia un riguroso ejercicio de comprensión del hombre moderno. Para tan arriesgado ensayo de antropología poética no ha dudado en extremar los límites de su visión hasta abismarse peligrosamente en lo más sustantivo del hombre.

     La idea de escribir este poemario comenzó a germinar en los primeros días de mayo de 1979. Y se da por escrito en noviembre de 1980. Surge por evocación y contraste con el divulgado libro de Pablo Neruda, Veinte poemas de amor y una canción desesperada. Salvo esta similitud en el título, ambos libros no tienen nada que ver ni en el contenido ni en el tratamiento estilístco.

     Al abrir este nuevo ciclo, Tomé intentaba conjurar algunas de sus fantasmas y obsesiones, centradas fundamentalmente en uno: el mundo, lugar de encuentro fraterno, se ha convertido en generador de unas relaciones inclementes y desabridas.

     ¿Es la falta de amor y el desamparo afectivo donde se fundamenta el recurrente tema de la tristeza? Es. Y más: la conciencia de saberse pasajero, tocado por esa irrestañable herida del tiempo. El poeta no percibe la luz, atrapado por el mal del mundo. Por eso necesita vivir apoyado en la “memoria mendiga” que busca y rebusca en el pasado algunos trazos, las letras del nombre en que consiste. La memoria del poeta es un lugar de concurrencia colectiva. Creo entender que Tomé no sólo se abisma en los caminos zigzagueantes de la introspección, sino que su configuración personal es subsidiaria del mundo exterior que lo encuadra. Esto implica evidenciar las inevitables relaciones de individuo/mundo, por un lado, y una progresiva objetivación de los hallazgos del poeta, por otro.

     En el poema VI —uno de los mejores, acaso el mejor del libro— resalta Tomé la dramática situación de preguntar sin obtener respuestas a también de haber liegado al punto crucial en que ya se renuncia a formular tales preguntas. Porque el poeta se sabe “mas vacío de todo que el vacío”. Se llega en este poema al centro álgido de desasistimiento donde, paradojicamente, la nada lo es todo.

     El poeta reconoce lo endebles que son todas las esperanzas:
siempre pugna contra su corazón la noche (lo desconocida, lo imprevisible). Incluso Ilega a pensar que todo lo bello, todo lo oxigenado de la vida se da no más que por un simple “descuido de la muerte” que es, a la postre, la que impone su ley.

     No es infrecuente que el poeta recurra a la memoria como punto de referencia para evocar — cosa terrible su proplo fin. Intenta aprehender sensaciones, momentos, atmósferas escurridizas y lo hace con un lenguaje de enorme precisión y fuerza captadora. Y el lector tiene la vaga sensación de que se le tienden trampas en unas cadencias rítmicas en que todo va encadenándose en una complicidad autor/lector.

     En todo caso, la referencia al mundo surge constantemente, aunque no sea más que para subrayar la fuente de la agresividad. Hay, en efecto, una visión pesimista del hombre, a veces explicitada con imágenes de siniestra pesadilla. El poeta aporta su testimonio, duro e intempestivo, de los horrores en que consiste ser hombre, al menos este tipo de hombre que comercia con la brutalidad. Denuncia el colonizaje del hombre y su impostura: porque frente a la confiada espontaneidad se levanta la imposición de la barbarie, frente al rito fraterno el discurso abominable de la historia. Amarga criíica la que destila este libro contra el poder ejercido con indiscriminado encono; de aquí, una vez más, el total desapego de los modelos oficiales, la apelación a un texto de irreversible pureza frente a una sociedad a cuya descomposición Tomé asiste con manifiesta lucidez y serenidad. Más allá. del concepto calderoniano de lo delictivo en que incurre toda vida Tomé subraya un sentimiento de culpabilidad.

     Llevado por un afán de exigente contención, Tomé ha elaborado unos poemas de quince versos endecasílabos todos, excepto el último, heptasílabo. Este verso final crea como una caída, una suspensión de ánimo y constituye una invitación a seguir. Por otra parte, los vocablos parecen rescatados de lo mejor de la memoria popular sin dejar de ser cultos: cuerpos fundidos germinalmente a la idea. No se ha adherido Tomé, a pesar de tantos años de extrañamiento en América hispana, a esa especie de tropicalismo verbal, a la frondosidad léxica tan cara a literatos de allende los mares. En Tomé asistimos a una expresión de acumulada ansiedad en la que han sido domeñados los terrores sintácticos, al otro lado de las vanguardias (¿de qué?), donde su mayor originalidad (¿cómo?) consiste en dar trasparencia a la memoria, voz a la culpa, certidumbre a la realidad, filtrada ya por un riguroso tamiz condensador. Y, atravesando la pulpa de sus versos, aparece el hilo de un dolor difuso, la radical herida de vivir. Son, en definitiva, los fantasmas del corazón del poeta —cristalizados en ese único libro que no ha dejado de escribir— que, sin querer, descubren la grandeza de una historia vivida en complicidad, como plural memoria dolonida. Aquí la escritura registra la imposible inocencia del poeta en relación a lo que sucede en el mundo. Es ocioso hacer constar —siguiendo a R. Barthes— que no siempre ni necesariamente el que habla en cada poema coincide con el que los escribe. Con sentido de rigurosa recapitulación ha escrito Tomé en el prólogo de Veinte poemas desesperados las siguientes palabras que equivalen a una autodefinición global: “Como un hijo de esta tierra, y mientras amanece Dios, he querido, desde siempre, solidanizarme con el destino y la condición de los hombres de nuestra época, transitar la misma senda del hombre que los demás van transitando —en situación de exilio— hacia la ciudad de rostro humano que, alzada aquí comunitariamente, sea la imagen de otra Ciudad en la que iniciaremos la vida ‘que ha de llenar el hueco de la muerte’“

     Las bases de la mitología de Tomé (que desbordan el reducto de su egolírico) sustentan la afirmación de unos pnincipios que, por encima del desgarro nihilista, ofrecen evidentes concomitancias cristianas. Podría decirse, a este respecto, que en este libro Dios se hace notar por su ausencia, pues que los problemas que por é1 desfilan apelan a “otra dimension

     Hemos hablado de pesimismo y habría que añadir que, dentro de él, anida un germen de esperanza. Es, ciertamente, el pesimismo de quien cuenta los años por las muertes que Ileva a cuestas y no como un acto lúdico de gratuita dimensión. Más aúm: el libro parece recoger toda la frustrante decadencia de un paisaje crepuscular. Pero, al mismo tiempo, este hueco de interrogación es una disposición a esperar Ia respuesta que plenifica.

¿Quién a nuestro clamor responderia? (Poema XV)

     Cabe la posibilidad de gritar en vano a la conciencia de errar el camino al ir tras falsos guiños. Pero, en cualquier momento, puede emerger —redoblada— Ia voz que “nos pudiera llamar por nuestro nombre / verdadero~’.

     De aquí, la jugosa complementariedad del poema final, Helixia frente a la desconsoladora incertidumbre. Se trata de una invocación “in extremis” al amor por encima de las ruinas. Y es una ardorosa profesión de fe en la felicidad que cauteriza tanta herida, tanta búsqueda. Este amor, a que alude el poema, se sustenta en la memoria del poeta y se transfigura. De sobria belleza, el poema Helixia (o for de Gnido) tiene pasajes rayanos en lo sublime, con imágenes de prodigiosa plasticidad. Tomé renuncia a los soportes culturales explícitos, como siempre, y emplaza al poema a sus justos límites: la palabra, lugar del espíritu, y el silencio, templo de la nada. Nos asalta, una vez más, una referencia a los místicos cuyos símbolos y posibilidades linguísticas demuestra conocer. De este modo, el poema se ha convertido, más que en vía de conocimiento, en una indagación en medio de la “noche” de forma que se transita desde la desnudez de la vida sensible hasta la cima de la purificación, a la conciencia de Absoluto y a la necesidad de una tierra prometida. Allí, reconciliado el hombre consigo mismo, el “ser y el conocer se identifican” y se puede tener la certeza “de que valió la pena haber vivido”.
 

1. La incidencia de Traigo esta tristeza fue extensa y profunda en los ambientes eclesiásticos. Tomé se mostró como excelente captador de los “signos de los tiempos” y con sentido de la anticipación. Vid. Et nuevo mester de clerecía, Rev. “Vida Nueva”, 29 julio, 1978. Artfculo de J. Galán.

2. M. HEIDEGGER: Arte y poesía, FCE, México, 1978, pp. 127-131.

3. El lector hará bien en pensar que el antólogo ha desgajado poemas de los diversos libras, de modo procaz, conforme a sus gustos estadísticos; el antólogo, a su vez, se apresurará a hacer suyas las palabras de I. L. Barges al elegir sus propios poemas escritos a la larga de 54 años: he compilado heddnicamente; sólo he recogido La que me agrada o La que me agradaba en el instante en que La elegi. (Antologia, Alianza Edit., Madrid, 1981).