LA ALONDRA
I
Como
querer cerrar todas las puertas.
Era
como querer estar oscuro,
distanciando
las sombras y sus muertas
voces.
Y era querer estar seguro.
Era
echar el seguro al pensamiento
para
ver sólo vuelos verticales
de
la alondra sin pies, viento en el viento,
sobre
la hiriente paz de los trigales.
Era
querer seguir los aletazos
en
el azul canicular del cielo,
era
querer sentir los pincelazos
del
amarillo inmóvil casi en vuelo.
Era
querer estar conmigo a solas,
desesperadamente
estar conmigo;
yendo
y viniendo, estar entre las olas
de
un mar de cielo y de otro mar de trigo.
II
(LA ALONDRA PERDIDA)
He
perdido la alondra. Ya no hay canto.
El
corazón, de pronto, desvalido
no
se siente asistir ni por el llanto
con
que debe llorarse lo perdido.
Ya
se perdió la imagen. Ya las puertas
no
defienden mi pie de lo inseguro,
y
hasta las sombras con sus voces muertas
han
venido a inquietar el reino oscuro.
El
reino de la paz se ha sublevado:
se
alza en armas el trigo contra el cielo;
si
el trigo hiere al cielo de costado,
el
cielo aplasta al trigo contra el suelo.
Se
ha roto la frontera que imponía
-entre
el cielo y el trigo sorprendidos-
la
alondra que, en el vértice del día,
se
hacía corazón de dos latidos.
Mas
nada se ha perdido en la derrota
si
ha quedado la alondra suplantada,
si
una tristeza secuestrada flota:
alondra
en leve vuelo levantada.
Y ya
no importa estar conmigo a solas
si
de cualquier manera estoy conmigo,
yendo
y viniendo triste entre las olas
de
un mar de cielo y de otro mar de trigo.
HOMBRE AFLIGIDO
Los
ojos apretados por los puños
para
que no se escape ni una lágrima;
si
la mente es moscarda que se aturde,
el
corazón es pozo que se calla.
Ya
todo lo imposible se ha cumplido,
toda
la vida ha sido repasada:
ha
sido corto el día en la alegría,
la
noche del dolor ha sido larga.
Ahora
ya todo está apagado,
aunque
queden ardiendo algunas brasas,
siente
correr el frío por los huesos
igual
que un viento helado en una flauta.
Igual
que en una flauta un viento helado
ya
lo vivido y sin vivir, ya nada,
produce
la más triste melodía
que
unos huesos vacíos entonaran.
Golpéate
los ojos con los puños,
rómpete
los espejos que delatan
la
más voraz desolación, la sola
desolación
de un corazón sin nada.
Oculta
tu tristeza. Porque hay hombres,
ahítos
de alegría, que profanan
el
secreto que aturde al pensamiento
y
el corazón a cántaros desangra.
JARDÍN EN PRIMAVERA
Y sin
embargo estaba triste. ¡Cómo...!
De
repente irrumpió la primavera.
Los
colores luchaban para serlo
pero
el gris imponía su tristeza.
Todo
estaba mirado: cada tronco,
cada
rama florida, cada hierba,
cada
brizna de cielo, y más los pinos
que
agudan su plegaria cenicienta.
Todo
estaba sabido avaramente,
con
un furioso amor que centellea,
que
persigue y ataca a dentellada,
a
pincelada de dolor, la presa.
No
se adivina el sol. Tras de la llama
es
la mirada luz, pero está ciega;
y
el alma delirante, casi loca,
se
golpea los ojos con la niebla.
Poco
a poco se irá apagando el mundo
dentro
del corazón. Para que pueda
avadirse
la luz acorralada
se
abrirá el corazón, como una puerta...