uz en el pozo
     

     
                                           I 

          En nuevas oleadas llegan. Hombres. 
          Son hombres. Y preguntan. Nunca gritan. 
          Caminan en un pozo de tinieblas 
          donde la noche se hace y se divisan 
          estrellas. La pequeña luz sin brillo 
          de la esperanza se desprende y gira. 
          Nunca sale del pozo, se empareja 
          con el redondo límite. La miran. 
          Ella no para. Horada en alta noche. 
          (¡Los pies en tierra y el camino arriba!) 
           

                                         II 

          -Vosotros los sabréis. ¿Dónde se encuentra 
          quien viene a dar la paz? El mundo ignora 
          su olivo verdadero. Pero viene 
          quien la puede afilar como una estaca 
          para clavarla en medio de la tierra. 
          Y girará  la tierra en torno suyo. 
          En ella apoyaremos nuestra espalda 
          para mirar a Dios sin fatigarnos. 
          Nuestro dolor de siglos la reclama. 
          - Hemos puesto el deseo contra un muro 
          condenado a morir a engaño lento. 
          ¿Quién desea la paz? Su agudo nombre 
          en labio de los hombres suena a tiro. 
          Con ella fusilamos a los muertos. 
          De cada muerto nace un árbol torvo. 
          La paz no tiene savia. Su madera 
          crece sobre los ojos de los muertos. 
          A veces en su tronco dos amantes 
          quieren grabar su corazón flechado. 
          Pero los muertos crecen y se rasga. 
          Debajo de la tierra hasta los muertos 
          se buscan y se matan sordamente. 
          ¿Quienes buscan la paz? 
                                                           - Pero nosotros 
          hemos visto su estrella desde el pozo. 
           

                                         III 

          - Nuestra carne está rota. Paja a paja 
          debajo del dolor, como un alero, 
          cada pájaro negro hace su nido. 
          Ellos hacen la noche con su canto. 
          Pero la carne vela. Se desvela, cruje. 
          Papel rugoso sobre el pecho de alguien 
          que se arropa con todos. Alguien sufre. 
          Necesita en su exceso nuestra llaga. 
          ¿Dónde está que le demos lo que es suyo? 
          - No preguntéis por nadie. Sois vosotros. 
          Solos. A solas. Solamente. 
                                                                          Cada muerto 
          que se arrolle en su sombra y se duerma. 
          Si no puede dormir mate su noche. 
          Desengañe su luz. 
                                                       - Pero nosotros 
          hemos visto su estrella desde el pozo. 
           

                                          IV 

          - Ha de encontrarse en algún sitio. El mundo 
          no puede, sin cimiento, sostenerse. 
          Tanto sentido, en surcos tan mal hechos, 
          es grande como Dios. Y Dios no basta. 
          Necesita su amor. Dios y su amor. 
          Lo que vale decirle a Dios dos veces. 
          Y nosotros venimos preguntando 
          por la piedra sangrante. Preguntamos. 
          Porque existe el amor y su respuesta. 
          Y todos somos casa. Y lo que pesa, 
          para dar solidez es el latido. 
          El duro corazón sin argamasa. 
          - No encontraréis amor. La tierra es dura. 
          Perdura sin sostén Para estar muerta 
          no necesita amor sino más muertes. 
          Y cada día muere una esperanza.
          Muerte a muerte la tierra está más honda. 
          Más hondo el corazón y su gusano. 
          Y es poco de Dios lo que devoran, 
          cada día, sus dientes voracísimos. 
          Ya queda poco Dios. Y está podrido. 
          Ya queda poco amor. 
                                                          - Pero nosotros 
          hemos visto su estrella desde el pozo. 
           

                                           V 

          - Y vosotros también. Los embotados 
          por el placer. Los saturados. Todos 
          los que tenéis el corazón al día, 
          convidados del gozo a sueño fácil. 
          ¿Vosotros no sabéis dónde ha nacido? 
          Porque viene a dar clases de esperanza. 
          A enseñarnos los miedos cardinales 
          y a no tenerle miedo a la alegría. 
          Cubrirá nuestro amor de telarañas 
          donde pueda enredarse su grandeza. 
          Florecerá el  temor, y entre sus manos 
          hondas madurará en sabiduría. 
          Y cumplirán los ojos palpitantes 
          con su oficio de lágrimas. Las lágrimas 
          encontrarán su cauce verdadero: 
          Cada dolor, canto rodado, cante, 
          ¡Si el alma suena, mucho Dios que lleva! 
          Con él valdrá la pena haber nacido: 
          Si la vida es un grito a tumba abierta, 
          dentro de Dios rebotarán los ecos. 
          Hechos de muerte acumulada y honda, 
          moriremos a vida verdadera, 
          que, si fuerza es morir, encontraremos 
          siete palmos de Dios para enterrarnos. 
          - Es en vano esperar. Vuestros dolores 
          tienen color de Dios que se equivoca. 
          Cuando se rompa, cárdeno, el latido, 
          Dios manará hecho pus desesperado. 
          Porque Dios nunca es más que una gangrena 
          lenta. Carcoma voluntaria. Miedo 
          de que la sombra llegue tras la sombra. 
          Desembocados turbios en la muerte, 
          no podréis regresar a maldeciros 
          la ignorancia. ¿Qué esperan vuestros ojos 
          si la luz es mortal? 
                                                        - Pero nosotros 
          hemos visto su estrella desde el pozo. 
           

                                         VI 

          Y en nuevas oleadas pasan. Hombres. 
          Son hombres. No preguntan. Y se ciegan. 
          De tanta luz como en el pozo brilla 
          se les colman las manos de tinieblas. 
          Y se palpan. Y la herida de que sangran 
          es un rasguño de palpar la estrella. 
          En sangre caen sus sangres. Y se guían 
          por sangriento goteo que tantea 
          sobre charcos de amor. Sobre la sangre 
          de Dios. Única sangre verdadera. 
          Y les crece el amor. Cada latido 
          se apresura a invadirlo una Presencia: 
          La esperanza es Dios mismo que se esconde 
          dentro de la ansiedad de los que esperan. 
           
           
           


 
Hijo de esta tierra