A veces
nos quedamos silenciosos
tan hondos y vacíos de tristeza,
que nuestra pura desnudez invoca
mudamente la luz de una presencia.
Medimos
por el hueco, lo que falta
de densidad y plenitud en esta
lobreguez de ser hombre clausurado,
pero abierto en sí mismo
y sin cancela.
Alguien
a quien le damos nuestra espalda
nos acosa buscándonos las
vueltas
y se pone a mirar hacia lo oscuro
que tiembla en lo interior de la
caverna.
Y nosotros
sentados hacia dentro,
con los ojos sellados en la piedra,
tememos que, al volvernos, de repente,
nos hallemos de cara a la evidencia.
Porque
nunca podremos. Hace falta
que nos bielde la muerte y nos
dé vuelta,
que nos meta su luz como en un
guante
y nos saque los ojos hacia afuera.
La
luz nos llegará. Se hará presente
a inaugurar su reino. Mientras
llega,
sólo queda esperar en el
silencio
y convertir en sed nuestra tristeza.