Con
el verde dolor de la gracia inmadura
bajo
la espesa lluvia que me agota los ojos,
tanteo
la espesura del bosque innumerado
que
tiene a Dios de fondo.
Las
sombras recaladas del alma y la espesura
giran
perversamente, como un huso, y el loco
pensamiento
se eleva y se fatiga: se retuerce
en
hilillos de polvo.
(Aromas
golpeados por la lluvia
rompen
mi soledad en torno).
¡Cómo
cuesta subir con esperanzas rotas
esta
cuesta de Dios! El pecho, solo,
jadea;
la memoria se hostiga y se me atora,
trabada
en la espesura del bosque sin contornos.
¡Oh
Dios, el siempre Dios, el siempre lejos,
el
siempre deseado por incansables ojos,
y
el siempre más brillante y más oculto,
y
el siempre más dolor, y siempre pozo
de
opacas claridades!...
No me sirve
llorarte
y desearte con las pálidas hambres de mi rostro.
¿Qué
harás de mi, que me persigues
y
aunque te busco no te logro?
Eres
verdad. Entrégate sin armas
o
hazme robusto. Entrégate a mis ojos,
¿Qué
harás de mí, que me has dejado
tan
desoladamente solo?
No
tengo amigos, Dios, no tengo amigos;
sólo
me quedas Tú, mi Dios remoto,
Dios
en el corazón haciendo ausencias,
Dios
que me llama, a quien respondo
con
el verde dolor de la gracia inmadura,
bajo
la espesa lluvia que me agota los ojos.