I.
LA HORA
Jugando
desnudábamos el día.
En
la orilla del río, entre los setos,
Sombreados
de luz los ojos quietos,
Uníamos
pasión y fantasía.
Sonaba
el mundo entero. Su armonía
Triunfaba
revelando sus secretos:
Opulencia
de pámpanos repletos,
Manantiales
sin fondo de ambrosía.
Era
la hora en que el amor se enciende
Reclamando
a la vida su camino,
Ansioso
como un ave que se tiende
Más
a1lá de su vuelo y de su trino,
Olvidando
de qué presagios pende
Sortearle
las trampas al destino.
II
PRIMERA PROFECÍA
Junto
al fuego sagrado me repliego.
Escucho
los susurros de la llama
(Sobre
la vieja chimenea brama
Un
viento de presagio torvo y ciego.)
Sobre
el azul de una espiral del fuego
Tiembla
la vaga sombra de una rama:
Oscura
es la señal en que se trama
Mi
destino de sombra sin sosiego.
El
silencio del orbe me rodea.
Rindo
los ojos: un fulgor incierto
Asciende
en la pared y deletrea
Mensajes
misteriosos que ha cubierto,
Obsesiva,
la imagen de una tea
Solitaria
ante el sol de un gran desierto.
III.
LA CICATRIZ EN EL COSTADO
Jamás
te encontraré. Cuando el olvido
Es
más consolación que abatimiento,
Sube
por la memoria sin cimiento
Una
sombra sin nombre ni apellido.
Supe
que te perdí cuando el latido,
Tropezando
en su propio agotamiento,
Olvidaba
olvidar el desaliento,
Más
atento a perder que a lo perdido.
Entonces
sucumbió todo el deseo;
Recordarte
era estar más apresado:
Ave
que se quedó sin aleteo
Mirando
cómo un sueño desahuciado
Oscurece
de amor. Ya no poseo
Sino
esta cicatriz en el costado.
IV
DESTINO
Jinete
de mis sueños me desboco
Entre
ramas de fuego congelado:
Surco
el fulgor. sintiendo en el costado
una
herida que muerde si la toco.
Sólo
yo, cuando a solas me convoco,
Traspaso
este dolor que se ha quedado
Oculto
en el rincón más desolado
Mirándome
sin verme como un loco.
Elegí
ser el dueño de mi sino,
Reclamar
lucidez en mi destino,
Aunque
fuera jugándome la vida.
Mi
vida La perdí. Ya sólo vivo
Orfandades
y sueños de cautivo:
Sumiso
a una verdad que es una herida.