Y cuando
el círculo se cierre, y haya recorrido el último
tramo
de soledad para estar más abandonado que un sendero
olvidado
que se ignora a sí mismo, y haya traspasado Ia
frontera
donde todavía se es hombre, más allá de tener un
rostro,
un nombre y una huella,
recordaré,
como recuerdo ahora, que todos los terrores
me
amparaban del único terror
—Las
noches. Oh, las noches
de
precoces insomnios en que oía, con los poros,
todos
los rumores, y los rumores anunciaban siempre
el
final de una dicha que nunca he conocido
—Los
rincones, los fuera de
lugar
a donde huía, más allá de los ojos invasores,
donde
sólo era hallado por la tristeza, ese polvo
sin
peso que ahoga el corazón
—(Y
la tristeza:
sombra
fiel y más constante que la sombra,
única
sombra que persiste y crece en las tinieblas)
—El
campo abierto y las lejanías, la grandeza
del
espacio para el que no se hallan fronteras ni en el
sueño,
sola imagen de lo solo que se puede estar en el mundo
— Y
el otro espacio, el cielo estrellado, con su llamada
de
abismo invertido, cayendo y cayendo hacia la altura,
hasta
un lago de luz en que se hiela el pensamiento
—Las
alamedas murmurantes diciendo y desprendiendo
sus
adioses hacia un futuro al que se llega como regresando de ninguna parte
—Los
caminos, los senderos de polvo en que la esperanza
atormenta
al hastiado corazón
—El
amor y su vértigo, su vórtice de llamas encrespadas,
como
se desmelena la locura, como se pierde la mirada
huyendo
de las clarividencias del espanto
—El
frío con que las alas abatidas de las horas congelan
las
estancias del sentimiento
—Y
el sentimiento desvariado, indiferente, empozado
en
su aridez como el agua en la sequía
—
Y siempre la soledad, la compañera de los perdidos
que
buscan más allá de todo lo que puede hallarse,
allí
donde ningún amor puede encontrarlos, donde
morirán
un día sin haber acertado a regresar
— Y,
al final,
la
destrucción y el escombro de la mente, su lucidez sitiada
y
derruida por preguntas que sólo responderá la
muerte,
que
sólo responderá la muerte.
Amparado
por todos los terrores que han hecho
la
sustancia de mis días,
distraído
por el vuelo de los miedos
que
me acosan, he podido sobrevivir,
—empañando
sus ojos y serpientes,
— al
único terror que nunca nombro,
y
que, al fin, me buscará las vueltas, y signará
su
triunfo con la estatua de un espanto
petrificado.
(Homenaje
a O. W. de Lubicz Milosz)