Y
así nos vamos, solos, despidiendo.
Durante
largo tiempo hemos fingido
que
había en cualquier parte, palpitando,
un
escondido amor que, en el momento
de
doblegar la frente bajo el peso
de
los sueños inútiles, vendría,
con
la dulzura que el dolor y el tiempo
llevan
a madurar en alma pura,
a
reposar su mano en la cabeza
que
se vence abatida, porque pesan
inaguantablemente
los fantasmas
que
han venido a poblarla, enloqueciéndola.
No
queda nadie ya. Pertenecemos
al
reino impenetrable que ha soltado
sus
lazos orbitales y se pierde
en
el silencio astral, ensordecido
por
el último adiós que se prolonga
para
extender la ciega lejanía.
Nuestra
sombra se alarga en la distancia
y
se funde a otras sombras que algún tiempo
fueron
presencias vivas, convocadas
por
necesario azar para que fueran,
por
un instante sólo, compañeras
de
rito en el tapiz de los encuentros
que
ahora, con el tiempo, desflecado
y
borroso de roces y de ausencias,
es
una mancha en la pared desnuda
y
una tristeza más, porque, de todas
las
tristezas del mundo, la más triste
es
ser un habitante del olvido
acosado
por sombras de recuerdos.
La
ribera apartada en el silencio,
la
silueta en velamen de las islas,
todo
aquel archipiélago, surgido
por
pura fantasía para reino
de
lo que funda el corazón por siempre
y,
sin tiempo, retorna y se repite
cuando,
evadido de su amarga cárcel,
celebra
el corazón sus ceremonias.
Alichicomargoma,
enrevesada
nemotecnia
de fábula o de mito
que
resume una infancia detenida
en
sus signos y emblemas para ofensa
de
la muerte excluida que no tiene
poder
para asaltar el paraíso.
II
El
tiempo, como un río, se apacigua
y,
anclado, se demora en el remanso
de
la siesta estival. Alzan el vuelo
sorprendidas
perdices y alarmadas
alondras
verticales. Un silencio
repentino
sorprende el asustado
repliegue
de los élitros de un grillo.
Todo
el campo en redondo resplandece;
y
ahora, en la memoria, esa moneda
—dorada
por el sol— es un emblema
de
todo lo salvado en que resaltan,
sin
la declinación con que los años
rigen
las variaciones de la muerte,
los
únicos amigos que persisten
en
pegarse a una vida que alabea
con
prisa hacia la sombra; y en los días
en
que la soledad se hace habitante
del
corazón que más conoce, vuelven
a
celebrar los ritos que renuevan
la
presencia de aquel instante eterno:
la
siega de pimpájaros, los pájaros
persiguiéndose
alegres en el aire
que
incendia con sus llamas las llanuras;
el
olor orquestado del cantueso,
de
la grama, el espliego y el tomillo;
el
chirrido sin paz de las chicharras,
el
acoso veloz de los vencejos;
las
tintas, sin lavar, de chupamieles,
clavellinas,
magarzas y amapolas.
Y
sobre todo, aquella que ha quedado
para
girar el rumbo de los sueños
y
orientarlos al centro de la vida
de
donde todo nace y se repuebla,
pues
la inventó el amor, y sólo en ella
se
concilia el mortal con su destino.
Ella,
la siempre viva y para siempre
sacrificada
.......................................
III
El
sentido no estaba en las palabras
sino
en la forma de callar. De pronto,
la
luz que han perseguido los discursos,
la
claridad del rostro inconcebible
—por
miradas de orgullo desgastado,
desfigurado
por ajenos nombres—
venía
hacia nosotros y, en silencio,
nos
daba su presencia y entreabría
las
puertas del arcano que soporta
la
secreta unidad del universo.
Estábamos
tú y yo tan penetrados
del
silencio en que todo se pronuncia
que,
borrados los límites y espejos,
nuestras
vidas se enlañan y contemplan
sin
que puedan ni el tiempo ni el espacio
distanciar,
con sus muertes sucesivas,
lo
que nació una vez a ser eterno.
IV
Habrá
las mismas sombras en las mismas
rocas
que el musgo manso aterciopela,
y
sombras erizadas en los pinos
sobre
el tapiz de aristas calcinadas.
Pero
vosotras estaréis ausentes
y
nadie habrá esperando que, de pronto,
se
detenga la tarde en un latido
de
ardiente luz unánime, destello
del
escondido amor que se espolea
con
las provocaciones de la muerte.
Porque
muerte y locura se enlazaban
con
la pasión de ser, por un momento
rescatado,
los dueños del destino.
Pero,
¿quién ha podido suspenderse
contra
el río que arrastra nuestras vidas
hacia
extrañas riberas donde el tiempo
nos
arrincona en un desván de exvotos
cubiertos
por viscosas telarañas
y
roídos del polvo y la carcoma?
V
Tu
silencio se hacía con la misma
sustancia
del silencio y te llegaba
del
reino en que tus ojos se perdían.
Callábamos
los dos a tal hondura
que
nuestros pensamientos se decían,
sin
palabras ni signos, las verdades
que
no han podido profanar los hombres.
Y cuando,
de regreso, todavía
las
visiones sin forma nos cegaban,
y
flotaban, perdiéndose, los ecos
de
armonías sin norma ni sonido,
volvían,
tropezando, las palabras
a
tejer la mentira con que cubren
el
rostro de lo intacto; pero, heridas
de
silencio sonoro, se afinaban
para
dejar filtrar, entre los pasmos
de
sus laceraciones, la sospecha
de
una pálida sombra del misterio.
¿Nos
recuerdan aún los apartados
lugares
y caminos que, rindiendo
su
callada presencia, se entramaban
en
ámbito de encuentro? —Desterrado
de
la propia memoria, ¿quién podría
volver
al sueño unánime de entonces
con
todos los recuerdos aventados?
Pero
aquella manera de callarnos
que
atraía a los huéspedes del cielo
nos
enseñó a vivir sin estridencia
y
a morirnos sin ruido, resguardando
la
prematura luz de las visiones
que
entonces confirmaron la promesa
de
un reino sin enigmas que ha trizado
la
falsa claridad de los espejos.
Y así
nos vamos despidiendo. Rostros
que
formaron un día el horizonte
de
nuestro corazón y revelaron
lo
que vale ser hombre entre los hombres
cuando
es posible el sueño todavía,
porque
aún no nos hemos despedido
—con
un adiós que cifra el desarraigo—
de
la inocencia que en la edad sagrada
nos
mantiene ignorantes del espanto
con
que un siglo a otro siglo se transmiten
la
herencia y el clamor del desconsuelo...
esos
rostros que el tiempo ha desgastado,
que
acuden a la voz que los convoca
demandando
otra forma de presencia
que
los haga reales como entonces
—resplandecientes
por la luz sin niebla
con
que llama el futuro— son ahora
desvanecidas
máscaras sin dueño
flotando
en un paisaje destruido:
carcomido
retablo para el rito
final
de lo que muere desamado.
Pero
aquello que ha estado siempre vivo
para
durar contra el furor del tiempo,
guardando
en el arcón que no es memoria
sino
presencia viva en lo más vivo
que
ha conseguido, impávido, afirmarse
sobre
el escombro de los días, todo
lo
que el amor desamparado pudo
refugiar,
sin rencor, en ese reino
donde
la vida permanece ilesa
y
a salvo de fluir hacia el ocaso,
se
sobrevive y fulge con el mismo
relieve
en flor de medallón intacto,
porque,
allí, lo que estuvo sucedido
sucederá
por siempre: en ese instante
que
detiene al azar para fijarlo
en
una invocación contra el olvido.