No te llamas destino, sino espacio. Un lugar. Señalado desde siempre. Y nacer y vivir es acercarse por sendas imprevistas a ese centro donde queda la vida prisionera. Poco importa el lugar en donde el cuerpo se desplaza viviendo y se acomoda. El verdadero espacio es otro espacio. No he llegado hasta allí sino cayendo, de visión en visión, de sombra en sombra, por laderas desnudas hasta el sitio donde la luz se fija y se congela -una implacable luz, una luz buitre, rasga en mi corrupción y me descubre-, donde el tiempo, estancado, se acarroña sin mutación, y el círculo que, al paso, se desplaza, ha quedado tan inmóvil como el pie que no puede desbordarse. Tu nombre verdadero es el desierto. |
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