raciones para el tiempo de la locura
     
          Cuando venga el silencio. 
          No el silencio de ahora, discutido 
          por contrarias tormentas, sino el otro 
          semejante a una fuente que interrumpe 
          de repente su canto. Cuando hienda 
          su soledad el rayo, y el estruendo 
          del trueno se prolongue en una calma 
          vacía y temerosa, traspasada 
          por sombras y por sueños astillados,
                    dejad que cada día le visite 
                    una imagen tan sólo: solamente 
                    un campo de amapolas y pimpájaros. 
                    (Aquella fue su soledad primera, 
                    y puede ser el último refugio
                    cuando llegue el silencio).
           

          Siempre estuvo tan cerca de la dicha, 
          que aprendió a distinguirla en el amargo 
          aroma ciego de su ausencia:
          sueño que se recuerda porque nunca 
          se ha tenido: promesa prolongada, 
          perseguida hasta el borde de la muerte. 
          Cuando se rompa el sueño, y sus virutas 
          se retuerzan ardiendo en desvarío,
                     dejadle sosegar sobre una hierba 
                     que ignore los senderos, mientras mira,
                     —tranquilo, indiferente— cómo nubes 
                     que pasan se deshacen, y la tarde 
                     se vacía y declina sin deseos.
           

          ¿Para qué, para quién —si tan ausente— 
          acumulaba corazón? En vano
          la alfombra del umbral envejecía
          desgastando su gesto pordiosero.
          Hongos de la humedad, polvo y herrumbre
          invadieron su espera desahuciada.
          Cuando la sombra sin memoria irrumpa,
          acumulando olvido en los rincones
          del corazón ruinoso, cuando, rotas
          sus columnas, el último deseo
          se desplome sin ruido,
                                                     concededle
                    días anestesiados en que fluyan,
                    sin reproche, las horas que recubran
                    -su corazón sumido y olvidado-
                    de frágil telaraña con rocío.


 


 
 
 
Poemas para un exilio