Te escribo sin aliento. Estoy sentado
en el borde del mundo con las piernas
colgando en el abismo como eternas
agujas de un reloj que se ha parado.
Detrás me queda el tiempo destrozado.
Y estoy clamando a Dios: "Tú que gobiernas
mi roto corazón, ¿por qué me infiernas
a tener vida y corazón frenados?
Cuando todo es así como una espera
donde ya es imposible esperar nada
porque todo está muerto y detenido,
y, mirando hacia atrás, se ve la hoguera
de nuestra vida inútil y apagada,
todo es tan triste como haber nacido.